COVID-19: PCR y tests rápidos IgG e IgM

El virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad COVID-19 ha revolucionado el mundo. Afortunadamente, a principios de 2020 y gracias a la investigación básica, teníamos un poco de información sobre lo que podríamos encontrarnos a nivel genómico y estructural de este virus.

El SARS-CoV-2 (conocido como «coronavirus») es, valga la redundancia, un virus que pertenece a la familia de los coronavirus (Coronaviridae), esto significa que comparte ciertas similitudes con otros virus clasificados dentro del mismo grupo. Por ejemplo: el virus del resfriado común es un virus tipo coronavirus, al igual que el SARS que causó la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (Severe Acute Respiratory Syndrome) en 2003 y otros virus que suelen atacar las vías respiratorias. 

A nivel estructural, también comparte otras similitudes con otros coronavirus como es su envuelta lipídica. Esto quiere decir que la capa externa y protectora del virus está compuesta por lípidos (grasa). Las membranas de las células humanas también están compuestas por lípidos, pero la diferencia se encuentra, entre otros, en el tipo de lípidos que la componen, además de las proteínas que se encuentran ancladas en estas membranas y la presencia de colesterol.

membrana y proteínas de membrana

 

Afortunadamente para nosotros, este virus es muy susceptible a su destrucción con muy poco esfuerzo. Si conseguimos desestabilizar la membrana, nos aseguramos de evitar el contagio por el mismo y es por ello que es muy importante el lavado constante de manos y superficies. 

Pero el objetivo de este artículo es hablar de las estrategias de control de contagios mediante el empleo de tests masivos. ¿Qué utilidad real podrían tener? 

A mí me gusta definir la estrategia de la siguiente manera: ¿Qué información deseamos obtener?

  1. ¿Queremos saber si la persona que se hará la prueba tiene la enfermedad y es un posible contagiador?
  2. ¿Queremos saber si ha pasado la enfermedad y por lo tanto, tiene una potencial inmunidad?

Para responder a la primera pregunta, la respuesta rápida y sencilla es hacer una PCR. PCR significa «Reacción en cadena de la polimerasa» y se basa en encontrar secuencias específicas y únicas del material genético (o erróneamente conocido como «código genético»). Hago énfasis en la palabra «específicas» porque en teoría, los trozos de secuencias que se comparan, sólo deberían encontrarse en el SARS-CoV-2. Entonces, ¿hay posibilidad de encontrar esta misma secuencia en otros virus muy parecidos? y la respuesta rápida es: «puede ser». En Ciencia nada es inmutable y no conocemos la totalidad de las secuencias de todos los virus existentes, y por lo tanto, no hay una certeza al 100% sobre que estemos empleando la secuencia adecuada para identificar únicamente a este virus. Sin embargo, hasta la fecha, esta técnica bien empleada, es la mejor para identificar la presencia del virus en una muestra. Debido a su altísima fiabilidad, la PCR se emplea para hacer tests de paternidad, resolver crímenes, detectar fraudes en cadenas de alimentos, etc. y mientras más se avance en la investigación, se irán eligiendo mejores secuencias para determinar la presencia del virus.

 

¿Si la técnica es tan maravillosa, por qué hay tanta controversia? 

Principalmente, la controversia radica en que el conocimiento que tenemos hoy no es el mismo en cantidad y calidad que hace escasos cuatro meses (abril de 2020). Si entonces había lugar a dudas, se ha invertido muchísimo dinero y esfuerzo para disminuir la tasa de error. Es posible que tengamos el mismo prejuicio que hace cuatro meses, pero gracias al trabajo en común en todo el mundo, los saltos están siendo agigantados y muchas incógnitas se van resolviendo.

Por otra parte, los posibles puntos débiles que podemos encontrar también dependen de nuestra propia biología. Es posible que se haya tomado una muestra cuando la carga viral era baja e indetectable, que se haya tomado la muestra nasofaríngea (haciendo un frotis introduciendo una torunda por la nariz) cuando el virus estaba depositado en las vías respiratorias bajas y por lo tanto, no se haya podido recoger virus donde se hizo el frotis. La muestra puede haber sufrido degradación entre el proceso de recogida y análisis, o simplemente haya errores de etiquetado. 

Al margen de estos problemas, gracias a los tests hemos sido capaces de detectar la infección en muchísimas personas que permanecían sin síntomas y se les pudo mantener en cuarentena a tiempo. Toda información, por mínima que parezca, es de gran utilidad de cara a salvar la vida de cientos de miles de personas. 

 

¿Si he dado negativo a la prueba PCR, significa que no tengo la enfermedad?

Considerando que la muestra se extrajo bien y que no hay carga viral «escondida» en los pulmones, lo que la PCR indica es la situación en el momento de la toma de la muestra. Una persona puede haberse contagiado de camino a hacerse la prueba y al virus no le ha dado tiempo a multiplicarse en ese momento como para tener una carga mínima detectable. Del mismo modo, la persona puede haberse infectado justo después de la toma de la muestra. Aún así, me gusta reiterar que a pesar de estos inconvenientes y gracias al cribado masivo, hemos sido capaces de detectar a tiempo a potenciales contagiadores. 

 

¿Y qué utilidad tienen los tests rápidos?

Haciendo referencia a la pregunta 2: si queremos saber si hemos pasado la infección y por lo tanto, tener una potencial inmunidad, los tests de anticuerpos son los más indicados por su practicidad. 

Los tests rápidos también han pasado por su controversia, pero a medida que se investiga más, son más fiables y baratos. Los tests rápidos lo que hacen es detectar en una gota de sangre, la presencia o ausencia de anticuerpos específicos producidos durante la infección. 

Los anticuerpos de los que más se habla son la inmunoglobulina M (IgM) y la inmunoglobulina G (IgG), hay más tipos de inmunoglobulinas (IgA, IgD, IgE), pero nos centraremos principalmente en estas dos. 

La IgM se suele producir en fases tempranas de la enfermedad durante la primera infección y por eso es un buen indicador del estado actual de la infección. La IgG se produce más tarde y es un anticuerpo más selectivo. En teoría, podríamos encontrarnos cuatro principales combinaciones de IgM e IgG:

  • IgM-, IgG-: no se detecta la presencia de anticuerpos en sangre y por lo tanto, es muy probable que la persona no haya pasado la enfermedad y en consecuencia, no sea inmune.
  • IgM+, IgG-: la persona está en las fases tempranas de la enfermedad y es potencialmente contagioso, aún no se detectan anticuerpos IgG y la mejor estrategia es mantener la cuarentena.
  • IgM+, IgG+: la persona se encuentra en una fase intermedia de la enfermedad, el cuerpo ya está sintetizando IgG y combatiendo al virus de una forma más específica. Sin embargo, puede ser aún un posible contagiador.
  • IgM-, IgG+: infección resuelta, la persona ha pasado la enfermedad y conserva anticuerpos IgG en sangre.

Recientemente se ha comprobado que la concentración de IgG en sangre va bajando gradualmente tras varios meses desde la recuperación. Esto genera cierto temor en cuanto a la protección ante una posible reinfección; sin embargo, se ha visto en laboratorios que los linfocitos T guardan una memoria del proceso y son capaces de activar la producción de IgG en cuanto son expuestos nuevamente al virus. Este proceso se conoce como inmunidad celular y es una excelente noticia para el desarrollo de vacunas y nuevos protocolos de actuación ante una posible segunda oleada. 

En conclusión: quiero recalcar que cada persona puede reaccionar de una manera distinta al virus y aunque ningún test es infalible, en su conjunto aportan una información invaluable que nos permite proteger cada vez mejor a la población.

4 comments

    1. Los tests que han sido validados por institutos de investigación independientes han dado muy buenos resultados, pero de momento se complementan con otros tests más específicos y sensibles en el caso que el resultado sea dudoso. Estos tests facilitan un cribado y permiten un ahorro de recursos.

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